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Camino de Santiago: pueblos gallegos que son inseparables de la ruta jacobea

El ritual del aseo en Lavacolla Santiago, la «búsqueda» del Grial en O Cebreiro o la pintoresca encrucijada de Triacastela capturan la esencia de la ruta jacobea y, en particular, del Camino Francés. Estos y otros pueblos gallegos ha sido lugar de paso para generaciones de peregrinos en su viaje hasta la Catedral de Santiago, donde descansan las reliquias del apóstol Santiago.

La localidad de O Cebreiro, que inaugura el Camino por San Xil, sorprende por su iglesia de estilo prerrománico y sus peculiares viviendas de planta circular (pallozas). Este pueblo lucense, que precede a Liñares y Hospital da Condesa, presenta un atractivo especial para los entusiastas de la arqueología y el pasado histórico, pues una leyenda local cuenta la aparición de la copa usada por Cristo durante la Última Cena.

Otro de los municipios con mayor fama de la ruta jacobea es Lavacolla, enclavada entre O Pino y Monte do Gozo. Es famosa, según el Códice Calixtino, la tradición de higienizarse «la ropa y por amor al Apóstol» el resto del cuerpo, aprovechando los «los ríos de agua dulce y sana para beber» y asearse antes de alcanzar el ansiado destino.

En Samos, los peregrinos tienen ocasión de descubrir uno de los monasterios más cautivadores de Galicia: el de San Julián y Santa Basilisa de Samos, erigido en el siglo cuarto. No es infrecuente que los  monjes benedictinos ofrezcan alojamiento a los viajeros, lo que sin duda acrecienta el valor de esta experiencia.

El interés de Palas de Rei, por su parte, reside también en su arquitectura. Dos son las edificaciones que comparten aquí protagonismo: el castillo de Pambre y la iglesia de San Tirso, que se alzan entre bosques de gran belleza. La naturaleza reinante en Portomarín, otro pueblo inseparable del Camino de Santiago, no se queda atrás, con las aguas del río Miño acompañando al peregrino. En Tricastela, en cambio, no hay castillos ni monasterios medievales, sino el cálido «abrazo» de sus pocos habitantes.