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El guardián de los paréntesis

Desde mi pequeña garita con vistas a un laberinto de hormigón y líneas blancas, veo pasar la vida en fragmentos. Mi puesto de trabajo es un parking Santiago, pero no uno cualquiera. Estoy en uno de esos grandes aparcamientos subterráneos del centro, cerca de la zona vieja, un lugar que funciona como el pulmón silencioso donde la ciudad aparca sus prisas antes de echarse a andar por las calles de piedra.

Mi jornada es un flujo constante de inicios y finales. El sonido que marca mis horas no es el de un reloj, sino el eco metálico de una puerta de coche al cerrarse, seguido por el pitido de la alarma. Cada coche que entra es una historia que se pone en pausa. Veo a la pareja de turistas que, con un mapa en la mano y la emoción en los ojos, dejan su vehículo de alquiler para ir a abrazar al Apóstol. Observo al ejecutivo que aparca con precisión milimétrica su berlina oscura, ajustándose la corbata antes de desaparecer camino de una reunión en alguna oficina de la Rúa do Vilar.

Luego están los de aquí. La señora que viene a hacer sus recados semanales a la Plaza de Abastos, los jóvenes que dejan el coche para una noche de vinos por el Franco, o el padre que busca sitio a toda prisa para llegar a tiempo a la función del colegio de su hijo. Yo soy el testigo invisible de todas esas pequeñas rutinas. Mi trabajo consiste en ser un fantasma hasta que alguien me necesita.

Y entonces, el fantasma se materializa. Ocurre cuando la barrera no sube, cuando el cajero automático no acepta un billete arrugado o cuando se desata el drama universal del ticket perdido. En ese momento, paso de ser parte del mobiliario a ser la única solución posible. Me acerco con calma, con esa paciencia que te dan los años de ver las mismas pequeñas crisis repetirse una y otra vez. «Tranquilo, que todo tiene arreglo», les digo.

A veces, por la noche, cuando el flujo de coches se detiene y solo queda el zumbido constante de la ventilación, paseo entre las plazas vacías. Pienso en todos los viajes que han empezado y terminado aquí. Estos coches no son solo máquinas; son los guardianes de las historias de un día. Y yo, desde mi garita, soy el guardián de este enorme paréntesis de asfalto en el corazón de Compostela.